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“Partidos como el PRI deberían morir”

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Alberto Morales


© Proporcionado por El Universal Compañía Periodística S.A. de C.V.

El historiador Lorenzo Meyer Cossío confía que en el próximo gobierno de Andrés Manuel López Obrador habrá una mayor sensibilidad y atención hacia los grandes problemas nacionales, pero advierte que el futuro presidente no podrá resolver graves flagelos para la sociedad, como son la inseguridad y la corrupción.


“Espero que haya una mayor sensibilidad, mayor atención. Pero no va a resolver ninguno de los problemas. No puede. En la intención es donde está el meollo de su política. En que lo intente y que la sociedad mexicana entienda que lo intenta”.

En entrevista con EL UNIVERSAL, en su casa de Magdalena Contreras, el investigador de El Colegio de México (Colmex) lanza una serie de cuestionamientos sobre cómo resolver la corrupción endémica o que “los sicarios se vuelvan becarios”, como propone el político tabasqueño.


“Resolverlos, ¿cómo?, ¿quién? ¿Dios podría con el problema de la violencia? Podría, si todos los que son sicarios estarían dispuestos a ser becarios, como dice Andrés Manuel, [pero] muchos no van a estar en eso y van a considerar que jugarse la vida vale mucho más la pena que un trabajo normal”, dice.


Asegura que tras el tsunami electoral de Morena que barrió a los partidos políticos, algunos como el PRI deberían “morir”, porque no tienen sentido, porque se han quedado sin bases; en contraste, dice que el PAN se mantendrá.


“Ahora dice César Augusto Santiago: ‘Vamos a rehacerlo, a volver al origen’. ¿Lo dice en broma o en serio? El origen no puede repetirse porque fue la Revolución y, en última instancia, fue en 1929, cuando [Plutarco Elías] Calles tenía el control del Ejército y lo poco que estaba organizado México. La partidocracia se queda sin bases”.


Asegura que así como el general Lázaro Cárdenas, López Obrador tiene años buscando que el mexicano común y corriente sienta que el nuevo gobierno será suyo, por eso es el primero en “pasarse cuchillo” y decir que se bajará el sueldo, que no vivirá en la Residencial Oficial de Los Pinos y no usará el avión presidencial.


¿Cómo deja el presidente Enrique Peña Nieto el país?, ¿tras las reformas estructurales cambió algo?

—El país antes de Peña Nieto y el país que deja ahorita se parecen mucho. La reforma energética hace que aparezcan gasolineras que no son de Pemex, pero en la vida cotidiana, para el mexicano normal, el suministro de energía es más caro.


La reforma educativa, ¿usted ha visto que un niño salga mucho mejor que antes?; las reformas en telecomunicaciones, yo lo veo más o menos igual que antes, no veo unas reformas que hayan transformado a México.


¿Y en la vida política del país ve algún cambio?

—Si hay algo en donde sí se ve que las cosas fueron de mal en peor es en una parte sustantiva de la razón de ser de los Estados. El Estado tiene la obligación de mantener el orden para que la vida de la sociedad civil se pueda llevar más o menos a cabo, pero la violencia rebasó al Estado. Las cifras que publicó el Inegi —que el número de asesinatos en 2017 aumentó casi 25% respecto del año anterior y que probablemente en el primer semestre de 2018 aumentó más en relación con el año pasado— señalan el fracaso del sistema en este punto crucial. Lo de las reformas, se puede decir que van a venir los buenos resultados en un tiempo, no se puede esperar de la noche a la mañana la transformación, pero en el caso de la violencia criminal, no se ha mitigado de un sexenio a otro. Peña Nieto fracasó completamente.


¿Esos factores detonaron el enojo social del que hablaba el presidente Peña Nieto?

—El factor de la corrupción, que se hizo más claro, probablemente, con el caso de la Casa Blanca —que no es gran cosa, 7 millones de dólares para una casa de una familia presidencial— no creo que sea el primero, pero la forma en cómo se trató y cómo se le quiso resolver, poniendo en la Secretaría de la Función Pública a un subordinado del Presidente para que investigara al propio Ejecutivo, fue una burla para todos.


En el caso de la seguridad, la parte que fue detonante fue el caso de Ayotzinapa, no es la primera vez que desaparecen 43 personas, ya vimos la masacre de San Fernando, Tamaulipas, eso fue una brutalidad, pero se combinó la magnitud del hecho, el que fueran jóvenes estudiantes de primer año de una carrera, de una de las partes más pobres de la sociedad.


Ese es el país que recibirá Andrés Manuel López Obrador, ¿cuáles son los retos inmediatos?

—Muchísimos, todos son inmediatos. El problema de la seguridad es el que más se ve y [será] muy difícil resolverlo, porque está ligado al narcotráfico y éste a una estructura internacional en donde México no tiene capacidad de controlar el mercado. Ahora todo eso mezclado con la corrupción endémica, no cultural, como dice Peña Nieto.


Seis años son pocos para transformar un país, pero para que los ciudadanos vean un cambio real o se sienta en el bolsillo, ¿qué tiempo sería razonable?

—A lo mejor no se necesita que se sienta en el bolsillo. Hay momentos especiales, como en una guerra [cuando] [Winston] Churchill les promete a sus conciudadanos sangre, sudor y lágrimas, eso le gana apoyo, porque lo que está en juego es la supervivencia frente Alemania. Si el líder tiene la capacidad de crear la confianza, puede posponer lo del bolsillo.


¿Andrés Manuel López Obrador tiene ese liderazgo?

—No lo sé. Hasta ahorita parece que sí, de lo contrario no le hubieran dado 30 millones de votos, porque se les dieron sin dar nada a cambio.


¿Qué golpe tendría que dar el nuevo gobierno para decir que ellos son diferentes a sus antecesores?

—Por ejemplo, Lázaro Cárdenas toma el poder, en cierto sentido, en un golpe de Estado, porque no se esperaba que hiciera ninguna reforma, sino que siguiera los dictados de [Plutarco Elías] Calles, y, ¡túmbale!, echa para afuera al Jefe Máximo y usa la reforma agraria para modificar la forma de vida de los campesinos y hacer que vean en el gobierno a un aliado.

Eso es lo que Andrés Manuel busca desde hace tiempo: que el mexicano común y corriente sienta que este gobierno es suyo, cosa que no ha sentido después de [Lázaro] Cárdenas.


Vender el avión presidencial, bajar el sueldo de los altos funcionarios, no vivir en Los Pinos, ¿en política son tomados en cuenta o son simplemente ocurrencias?

—¡Claro que cuentan! El avión presidencial, en el gran gasto del gobierno no es nada, además van a tener que venderlo más barato, van a rematarlo, pero van a ganar un montón. Hay alguien en Paquistán que está imitando a Andrés Manuel, diciendo que no ocupará el palacio presidencial. Eso es muy simbólico, la política es de símbolos.


En el caso de Churchill no promete nada bueno y, sin embargo, es algo simbólico el lanzarse contra la alta burocracia. Habrá injusticias, porque algunos sí funcionan y hacen su trabajo, los que no funcionan son los que están arriba, pero lo interesante es que se va a pasar cuchillo a sí mismo. El primer sacrificado es él: ‘Yo, Andrés Manuel [López Obrador] a reducirme el ingreso y los que están conmigo también, no voy a usar el avión, ni Los Pinos’. La fórmula es empezar con el ejemplo.


¿Y eso qué resuelve?

—No está solo ahí el problema de la inequidad y la desigualdad, está en las clases altas que son los que acumulan un montón de recursos. 


Quien va a ser subsecretario de Hacienda, Gerardo Esquivel, publicó un texto sobre la concentración de la riqueza, donde pone a cuatro familias —Slim, Larrea, Bailléres y Salinas Pliego— que concentran una cantidad equivalente entre 8% y 9% del PIB mexicano, un país de 120 millones de habitantes y sólo cuatro familias, ¿a esas qué se les hace?

¿Qué pasará con el Congreso ahora que será controlado por Morena?

—El PRI tenía la mayoría porque controlaba la vida pública desde que nació. Esta mayoría de Andrés Manuel la saca de la votación, que no fue comprada, no se usó Monex [tarjetas para movilizar recursos], es una votación, el ciudadano mexicano se la dio, se la ganó, pero el ciudadano ya sabe que tiene el poder y que puede la naturaleza del sistema político mexicano. Esa mayoría que tenía el PRI, diputados y senadores, no se representaban más a que a sí mismos. Esto será diferente.


¿Qué se puede esperar de esta nueva oposición?

—Algunos deberían morir, como el PRI, ya no tienen mucho sentido. Ahora dice César Augusto Santiago [priísta]: ‘Vamos a rehacerlo, vamos a volver al origen’. ¿Lo dice en broma o en serio? El origen no puede repetirse porque fue la Revolución y, en última instancia, fue en 1929, cuando [Plutarco Elías] Calles tenía el control del Ejército y lo poco que estaba organizado en México. La partidocracia se queda sin bases.


¿Cuál será el futuro de Acción Nacional como oposición?

—El PAN mantendrá sus bases. Siempre fue de derecha y tiene un campo que aprisionó, porque ahora la política se irá hacia el centro y la izquierda, no a una izquierda radical, entonces el PAN tiene que defender su alternativa de derecha, ahí tiene a las clases medias.


El PRD nació como una opción de izquierda y tuvo su peor votación, ¿es triste?

—El PRD es Morena. Había una izquierda, quienes controlaron al PRD hasta el final fueron separándose de esa izquierda y uniéndose al gobierno. El tsunami electoral los barrió. El papel que tenía el PRD, cuando Cárdenas, cuando se rompió la estructura del PRI, ese papel ha ido yéndose a Morena. El PRD en el papel puede tener una presencia, pero, ¿qué ofrece esa izquierda que se corrompió? No tiene nada qué ofrecer.


¿Cuál será el papel de Morena en el Congreso?, ¿serán una mayoría avasalladora como la del PRI?

—¡Uf!, [tiene una gran mayoría], pero no tienen la estructura del PRI. Ahí habrá muchos [legisladores que] se van a ir por la libre, se van a ir de manera independiente. Habrá algunos que no acepten los lineamientos de López Obrador, no es un partido en el sentido tradicional, no creo que tengan disciplina, es una pluralidad, Morena tiene todo: de chile, de dulce y de manteca. Es movimiento a la vez que es un partido.


A López Obrador se le ha criticado por designaciones como Manuel Bartlett en CFE, ¿eso puede manchar su Presidencia?

—[Risas.] Yo también me quedo atónito con lo de Manuel Bartlett. Por un lado, Andrés Manuel lleva muchos años en la política y en el lado más duro que es la oposición. Estar en política y contra la corriente, con que uno se tienda de panza ahí va. Andrés Manuel se ha ido como el salmón, en contra de la corriente, ha aprendido muchísimo de sus fracasos.


Si él puso a Bartlett no sé qué razón tendrá, a mí me sorprende, algo le ha de aportar, no lo puso sólo porque sí. Lo que le reconozco a Bartlett es su nacionalismo, siempre estuvo en contra de la privatización de la energía, es un vocero desde el PRI y, sobre todo después de que se fue al PT, del nacionalismo, en materia de energéticos, eso le debe aportar.


Andrés Manuel López Obrador siempre ha sido oposición, ¿ahora sabrá ser Gobierno?

—Él fue oposición, pero cuando estuvo al frente de la Ciudad de México no fue oposición, fue gobierno. Fueron pocos años [de ser oposición], como cinco, en este van a ser seis, ya tuvo un tiempo más o menos equivalente en una ciudad que es la más compleja del país, políticamente hablando y lo pudo hacer con las limitaciones que tiene ser jefe de Gobierno, que no es el jefe de la estructura política.


En el papel constructivo creó un partido de la nada. No es lo mismo crear al PRI cuando se tiene el apoyo del Ejército, que crear Morena cuando se está en la oposición y luego llevarlo a la victoria sin tener los recursos económicos que tenían los otros partidos. Es que supo entender a su electorado, supo comunicarse con él como ninguno. Sí tiene esa capacidad para entender qué es lo que pasa en la sociedad, a diferencia de Peña Nieto y los anteriores, ellos vivieron en un mundo enrarecido desde niñitos, en escuelas particulares, en círculos alejados de la vida cotidiana, Andrés Manuel no se ha alejado de la vida cotidiana, ha sido una decisión de él no quedarse en la burocracia.


¿Qué espera en los próximos años del nuevo gobierno?

—Una mayor sensibilidad, mayor atención, pero no va a resolver ninguno de los problemas. No puede. En la intención es donde está el meollo de su política. En que lo intente y que la sociedad mexicana entienda que lo intenta, pero resolverlos, ¿cómo?, ¿quién? ¿Dios podría con el problema de la violencia? Podría, si todos los que son sicarios estarían dispuestos a ser becarios, como dice Andrés Manuel, [pero] muchos no van a estar en eso y van a considerar que jugarse la vida vale mucho más la pena que un trabajo normal.